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domingo, 18 de diciembre de 2011

Hombres, ¡menudo invento!

Carmen tenía ya 30 años y dos canas que le preocupaban enormemente y que a pesar del tinte, siempre volvían a salir, como le habían contado, que si te las arrancabas, por cada una te salían siete, las mantenía vigiladas, sin atreverse a quitárselas; por todo lo demás estaba encantada, siempre decía que sus michelines eran la parte más exuberante de su cuerpo.

En su vida apenas había tenido un novio que le había durado varios meses, era capaz de enamorarse perdidamente del camarero que le servía el café, del conductor del autobús que la llevaba al trabajo e incluso de su profesor de yoga.

Sus enamoramientos no duraban mucho tiempo, por lo que había sido capaz de enamorarse de casi diecinueve hombres a lo largo de su corta vida, no contaba sus conquistas, como otras mujeres, ella contaba los amores que habían llenado su vida.

Poseía cierta capacidad especial, cuando se enamoraba de un hombre real al que conocía, un amigo, un compañero, sistemáticamente lo perdía, el susodicho caballero, caía rendido a los pies de alguna de sus amigas, motivo por el que al instante dejaban de serlo.

Pero Carmen no era desconfiada, sino todo lo contrario, la engañaban continuamente, en la compra, en el amor y sobre todo, en la amistad.

A pesar de eso, era admirable su capacidad para olvidar las afrentas, su último gran amor había tenido la desfachatez de regalarle un libro de autoayuda “ cómo hacer amigos y mantenerlos” le amargó la Nochevieja, ¡maldito amigo invisible¡

Su madre tampoco ayudaba mucho, se pasaba los días llamándola para preguntarle si por fin tenia novio, la atosigaba continuamente con que se iba a quedar solterona, por lo que la pobre vivía obsesionada con encontrar un hombre, el que fuera, ya.

No cuidaba su cuerpo especialmente, pero lo disimulaba fantásticamente bien, cuando tenia ganas de tomarse un helado, lo achacaba al hecho de que le estaba bajando el nivel de azúcar en la sangre, Carmen, era diabética desde los tres años y era además su mejor baza para engordar sin críticas.

Tenía miles de amigos, y si alguno le fallaba recurría a otro, siempre estaba de fiesta, salía todos los fines de semana, con unos o con otros, pero nunca encontraba lo que andaba buscando o lo encontraba y él no la encontraba a ella, que por desgracia era lo más habitual.

A pesar de todo no se consideraba nunca una mujer de usar y tirar, tenía demasiado amor propio para eso, ella valía mucho si Julián no la quería, él se lo perdía.

Carmen es fantástica, es la mujer más feliz del mundo, que digo del mundo, probablemente del sistema solar.
Su hermana pequeña era todo lo contrario a ella, siempre tenía novio, si bien es verdad diferente cada mes, cuando te acostumbrabas a él, ya lo había cambiado.

En una de sus salidas nocturnas, cual Sara Jessica Parker, en Sexo en Nueva York, con Tutú incluido, conoció a un chico maravilloso, culto, guapo, elegante y con un buen trabajo, era gerente en una empresa dedicada al diseño y a la creación de zapatos femeninos, era todo cuanto una mujer pudiera desear, sólo tenía un fallo, que en realidad no era tal, simplemente, era Gay y con novio, fantástico también, todo hay que decirlo; se lo presentaron cuando más convencida estaba ella de que Rubén por fin era el chico de su vida, se llevó un chasco tremendo, ¡que suerte tenían algunos…!

Si es que el hombre perfecto sólo existe en las comedias románticas, al final tomó su decisión: ya no iba a buscar más, le daba igual su madre y ser solterona, su hermana y sus novios, sus amigas ladronas… estaba claro los hombres no estaban hechos para ella, así que durante una temporada se alejó del mundanal ruido y en una parada de autobús, de pura casualidad, se encontró con aquel novio que le había durado dos meses, y que seguía igual de guapo que siempre; la invitó a tomarse un café, del café pasaron a las cenas y de estas a la vicaria, se casaron una hermosa noche de San Juan, pero esta vez estuvo más lista que nunca, sus amigas no le vieron hasta el día que hicieron oficial su noviazgo.

¡Este no se le escapaba ni de coña!

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