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jueves, 20 de diciembre de 2012

Besos de tiramisú

Hola a tod@s hoy os dejo este pequeño relato que es mi particular manera de desearos una Feliz Navidad y un próspero 2013. Sé que Víctor no es Papá Noel, pero bueno, es mucho más atractivo que él así que no os quejéis, jajaja.
Un besote.

—No puedo creer que te hayas apuntado a clases de repostería. ¡Pero si eres incapaz de freír un huevo! —Me acusa mi hermana Marta divertida.
—Lo sé —reconozco poniendo mi mejor cara de buena.
—Vamos. Suéltalo.
—No sé de qué estás hablando.
Marta me mira con cara de ¿te crees que soy tonta? Así que no tengo más remedio que confesarlo todo.
—¿Te acuerdas que te dije que iba a apuntarme a yoga?
—Sí
—Bueno, pues estaba en la oficina rellenando los impresos y entonces Víctor, el diseñador, me dijo con una sonrisa irresistible que iba a apuntarse al curso de repostería. Y bueno… la carne es débil, así que le dije que yo también.
—¿Víctor. El diseñador? —pregunta Marta para cerciorarse.
Asiento con la cabeza.
—Así que el hombre más atractivo de la editorial, ¡qué digo de la editorial! Por lo menos de la ciudad, va a dar clases de repostería —me asusto un poco al ver la cara de alucinada de mi hermana. Parece a punto de entrar en trance.

—Pues sí —le contesto finalmente.
—Yo también me apunto Nati. Consígueme un impreso —me pide riendo.
Mi cara de no te pases un pelo no surge el efecto deseado y termina riéndose tan fuerte que tiene que sujetarse la barriga porque comienza a tener agujetas. A Marta siempre le pasa lo mismo, es incapaz de encontrar el término medio, siempre se pasa de frenada.
Cuando por fin puede parar de reír me da la razón.
—Vale. Lo entiendo. El chico bien vale la pena que incendies la clase de cocina.
—¡Es de repostería! Para los pasteles no hace falta el fuego —le anuncio toda digna, provocando que vuelva a reír con más ganas.
—Lo que tú digas Nati.
—¿Entonces sí que se usa fuego?

El miércoles por la mañana estoy sentada frente al ordenador harta de corregir puntos y comas, cuando Víctor se acerca hasta mi mesa con dos cafés en las manos. Me concentro en no hiperventilar y como soy incapaz de coordinar en su presencia, la risa boba se instala en mi cara.
—¡Hola Natalia! ¿Qué libro corriges? —me pregunta amablemente al tiempo que me tiende el café.
—Besos de chocolate —respondo sin pensar. No es que no sea verdad, es que de haber pensado le hubiera mentido.
—¡Qué oportuno! —masculla entre dientes.
—¿Qué?
—Nada. Nada. Esta tarde comenzamos por fin las clases. ¿Quieres que vayamos juntos? —Me pregunta como si nada.
Tardo más de lo normal en contestar, víctima de la sorpresa.
Víctor ha hablado conmigo hoy más de lo que lo ha hecho en los casi dos años que trabajamos juntos en la editorial.
—Claro —digo finalmente.
—Genial. Te veo luego.
—Víctor —le llamo antes que se aleje—, ¿sabes qué vamos a hacer hoy?
—Supongo que nos presentaremos y esas cosas, aunque en el programa pone que haremos un tiramisú.
—¡Un tiramisú! —repito con cara de susto.
—Sí, a ver qué tal nos sale —comenta con sus ojos caoba brillando expectantes.
—Oye Víctor.
—¿Sí?
—¿Hace falta encender el fuego para hacer un tiramisú?
—Natalia no me había dado cuenta de lo divertida que eras —comenta sonriente.
Le devuelvo la sonrisa mientras me lamento para mí misma. Nuevamente me he quedado sin respuesta ¿se usa fuego o no para hacer un tiramisú?

La clase de cocina va bastante bien, de momento nadie ha dicho nada de encender los fogones. Somos diez alumnos y el profesor, un hombre de unos cuarenta años con un peluquín bastante artificial que me recuerda a una ardilla.

Víctor está concentrado en leer los ingredientes.
—2 claras de huevo, 4 yemas, 100 gr. de azúcar, 400 gr. de mascarpone, 200 gr. de bizcochos de soletilla, 175 ml. café, 200 gr. de chocolate negro, cacao en polvo para espolvorear.
—Tiene buena pinta
—Hacemos una cosa. Yo mido las cantidades y tú te encargas de preparar el café. —Me propone sin dejar de mirarme fijamente.
—Mejor haz tú el café. Yo me encargo de las medidas. —Le ofrezco tímidamente.
Cuando acepta vuelve a aparecer la sonrisa boba. He conseguido liberarme de usar la cocina. Prueba superada.
Mientras me encargo de medir el azúcar, el mascarpone y el chocolate negro, miro distraídamente a los demás compañeros de curso. Cuatro jubilados, cuatro amas de casa que han superado la barrera de los cuarenta y nosotros dos. Los jubilados se han agrupado en una de las mesas y las señoras se han unido por parejas, pero a pesar de la separación, las cuatro tienen algo en común. Son incapaces de apartar la vista del trasero de Víctor.
Les lanzo una mirada que anuncia a los cuatro vientos que su culo me pertenece y sigo midiendo el chocolate al tiempo que ellas siguen deleitándose con el cuerpo de mi compañero.
—–Natalia ¿puedo preguntarte algo? —su voz suena seria y su mirada no se aparta de mis ojos.
Asiento hipnotizada.
—¿Por qué me has evitado siempre en el trabajo?
Ahora sí que estoy alucinada ¿que yo le evito?
—¿Qué quieres decir? —pregunto descolocada.
–Bueno nunca me hablas, siempre que hemos cruzado dos palabras ha sido porque yo me he acercado a ti. Pensaba que no te caía bien, pero ahora que estoy aquí contigo ya no estoy tan seguro –me dice al tiempo que bate las claras a punto de nieve.
—Me caes bien. Me caes muy bien. Simplemente es que me siento tonta cuando hablo contigo.
—¿Por qué? Eres una de las mujeres más inteligentes que conozco. Si hasta te pasas el día entre libros —bromea para quitarle seriedad al asunto.
—Eres muy guapo. —Y me arrepiento de decirlo en el instante en que abro la boca.
Sé que estoy enrojeciendo por momentos. No sé dónde esconderme. Las señoras del fondo seguro que siguen mirando.
—¿Por qué no dejamos esta conversación para otro momento? —le propongo al tiempo que señalo sutilmente en dirección a radio patio.
—Claro. —Acepta mientras parece estar en otra parte.

Después de pasarme toda la tarde con Víctor a mi lado. Soy incapaz de borrarme la sonrisa de los labios.
Nos hemos repartido el tiramisú. El de las cotillas daba penita, tanto vigilarnos, tanto interés en nuestra conversación para que el suyo termine siendo un desastre.
Cuando termina la clase son las diez de la noche, pero yo estoy tan harta de ver chocolate y bizcochos que no tengo ni hambre.
—¿Quieres que tomemos algo? Tenemos una conversación pendiente.
—Bien. Pero en mi casa. Solo tengo ganas de quitarme los tacones. Recuérdame que para la próxima clase me compre unas babuchas.
Víctor se ríe.
En casa cumplo mi palabra, me descalzo nada más entrar y ni me molesto en buscar unas zapatillas. Me dirijo a la cocina con Víctor a la zaga.
—¿Probamos el tiramisú?
Asiente.
Estoy sacando dos platos del armario cuando dice:
—¿Compartimos plato? No tengo mucha hambre
—De acuerdo.

El tiramisú está delicioso, la conversación no tanto, puesto que no hablamos mucho.
Víctor me coge las manos para que deje lo que estoy haciendo y le mire.
—Natalia. Me gustas desde siempre ¿hay alguna posibilidad de que yo te guste a ti?
¿Está de coña? Me encanta
—Todas las posibilidades. Tú también me gustas.
—¿En serio? —parece sorprendido.
—Palabrita del niño Jesús —le digo para hacerle reír.
Funciona sonríe y me da un beso largo y profundo con un toque de tiramisú.
Se me escapa un gritito entre sorprendido y complacido cuando me levanta en volandas sin dejar de besarme y me lleva hasta el sofá. Aprovecho que está concentrado en caminar sin caernos para meter las manos por debajo de su camiseta y explorar su espalda a placer. Tiene la piel caliente y suave, aunque notó sus músculos bajo mis dedos. Ronroneo molesta cuando se sienta en el sofá conmigo a horcajadas y su espalda queda aprisionada por el respaldo, pero opto por no quejarme y cambiar de dirección. Mis manos se entretienen ahora en su pecho. Víctor está de acuerdo con mi táctica porque está explorando la misma zona.
Wow, ¿de verdad esto está pasando? Su mano me acaricia un pecho y de repente las preguntas se evaporan de mi cuerpo demasiado sobrecalentado para funcionar debidamente. Mi mente deja de dirigirme…
Recupero la noción de algo más que mis sentidos cuando siento el peso del cuerpo de Víctor sobre mi hipersensibilizada piel. Siento su respiración entrecortada en mi nuca, mis uñas se aferran a su trasero, y me dejo llevar por el deseo que me acompasa a sus movimientos. El clímax nos alcanza de golpe, abrupto y urgente, no puedo evitar que mis garras se hundan en el cuerpo que acaricio. Ha sido tan intenso que tardamos varios minutos en recuperar la movilidad de nuestras extremidades.
—Wow —digo cuando levanta la cabeza de mi hombro para mirarme.
—Eso se queda corto.
—Tienes razón. —Concedo cuando noto como se incorpora sobre mí.
—Estoy seguro de que ha sido el tiramisú. Quizás deberíamos comer otro trozo, ya sabes, para recuperar fuerzas.
—¿Piensas volver a gastarlas? —pregunto con picardía.
—Tengo mucho que recuperar, voy a gastarlas varias veces más antes de irme a mi casa.
—Eso suena genial. —Le digo con una sonrisa de oreja a oreja.

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