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viernes, 4 de enero de 2013

When you wish upon a star...

Hola a tod@s, os dejo el relato que escribí para el Concurso de Navidad de El Rincón Romántico. Quiero compartirlo con vosotras y dejaros mi particular regalito de Reyes. ¡Gracias por vuestro cariño!


Conseguir un taxi en hora punta en el aeropuerto ya era de por sí, una tarea complicada, pero conseguirlo un mes de diciembre en plena madrugada era una misión imposible.
Ni siquiera Julian Atwood con todo su encanto y su perfecta sonrisa era capaz de ello. Sofía sonrió divertida cuando la rubia que había viajado con ellos, y que no se había despegado de él desde que aterrizaron, quemó sus últimas naves con el actor.
—Julian, ¿quieres compartir taxi conmigo? —le propuso coqueta. Los tres sabían que la petición se extendía más allá.
—No gracias, ya le he prometido a… —se giró para mirar a Sofía, la preciosa mujer que había viajado en el sillón contiguo al suyo.
—Sofía.
—Eso, Sofía, perdona mi mala memoria, querida.
Ella le respondió con una sonrisa, mientras la explosiva oxigenada entraba en el único taxi disponible con una enfado más que evidente.
—Tú te lo pierdes. —Espetó antes de cerrar la puerta del coche con fuerza.
—Si tú lo dices. —Contestó Julian a nadie en particular ya que el vehículo se alejaba a toda prisa.
Sofía no pudo continuar aguantándose la risa.
—Me alegra haberte divertido, Sofía. —Le dijo con la sonrisa deslumbrante propia de la alfombra roja.
—La verdad es que ha sido más entretenido que ver tus películas, tu pánico a que la rubia te secuestrara ha sido tu mejor actuación. —Bromeó ella.
—¿Tanto se ha notado?
—Dejémoslo en que las sutilezas no son lo tuyo.
—En fin… ríete todo lo que quieras, pero seguimos sin taxi. Sofía se irguió sobre sus botas de tacón cuando el tan mentado taxi apareció en su campo de visión. Como respuesta a una plegaria, el taxista decidió parar frente a ellos. Antes de que nadie pudiera adelantársele, Sofía se abalanzó sobre él y se metió dentro. Julian asomó la cabeza con cara lastimera.
—¿Lo compartimos?
—Por supuesto.
Una vez allí decidieron que primero pararían en casa de él, que se dirigía al centro.
Julian metió la mano en el bolsillo de su cartera con la intención de pagar la carrera. Sofía le detuvo poniendo la suya sobre la de él mientras el móvil resbalaba del bolsillo sin que ninguno se diera cuenta.
—Tranquilo, puedo permitirme pagar el taxi.
—No es justo que…
—Considéralo mi regalo de Navidad. —Ofreció ella con una sonrisa.
—Nochebuena es mañana.
—¿Regalo adelantado?

Eran las diez de la mañana del día de Nochebuena cuando Sofía tomó el teléfono plateado que había encontrado en el suelo del taxi y llamó al número en el que ponía mamá. Tras una breve conversación con la mujer, Julian se puso al teléfono.
—Ayer perdiste tu móvil y quería devolvértelo. Dame una dirección y te lo enviaré por mensajero.
—¿Mensajero? ¿No quieres que quedemos?
—No especialmente.
—Bueno, pues yo sí. Quiero que me lo devuelvas en persona.
—¿Por qué?
—Por dos razones, la primera que me hayas llamado para devolvérmelo y la segunda que tú no quieras verme.
—Creo que he herido tu ego.
—No exactamente, has despertado mi curiosidad.
—En ese caso, supongo que puedo invitarte a un café para que descubras lo que escondo. —Comentó riendo.
—¡Hecho!

Dos horas después habían compartido confidencias en una pequeña y discreta cafetería en la que concertaron una siguiente cita para el día veintiséis. Y ahí estaban tras el atracón navideño, disfrutando de una copa de vino en el secreto mejor guardado de Julian Atwood, su piso en la ciudad. Un refugio conocido por muy pocos.
—¿Por qué me has traído a tu casa? ¿No me consideras peligrosa? —preguntó con picardía.
—Sé que eres peligrosa, pero no en el sentido en el que insinúas. Tuviste mi teléfono en tus manos y me lo devolviste. Eres de fiar.
—¿Por qué has dicho que soy peligrosa?
—Te lo mostraré.

Supo que estaba perdida desde el instante en que le preguntó su nombre, en esos instantes tenía la confirmación con su boca pegada a la suya.
Julian gimió al saborearla, su carácter risueño y su belleza serena escondían una pasión desbordante que colapsaba sus sentidos.

Varias horas después, Sofía se visitó casi sin hacer ruido, no obstante, no logró marcharse sin que Julian se despertara.
—¿Dónde vas? —Preguntó con voz pastosa.
—A casa.
—¿Por qué? —Se incorporó plenamente despierto.
—Esto es una locura, apenas nos conocemos. Te vas a Australia a grabar tu próxima película durante tres meses. Me lo contaste en Nochebuena.
—Pero eso ya lo sabías antes de lo de esta noche.
—Me gustas. Me dejé llevar, no pensé mucho.
—Yo sí que lo he pensado, quiero seguir conociéndote.
—¿Desde Australia?
—Supongo que podemos explorar las ventajas de Internet y del sexo cibernético. —Propuso con una sonrisa brillante.
—¿Hablas en serio?
—Completamente. Acabo de descubrirte y me gustaría redescubrirte de mil formas distintas. Podemos estudiar esas posibilidades online. Si al conocerme más decides que no te gusto, vas a poder deshacerte de mí con mayor facilidad. No enciendes el ordenador y listo.
—Me parece perfecto. —Dijo dejándose caer en la cama y capturando su boca.
—Otra cosa es que no te persiga cuando vuelva…
Sofía sonrió sobre sus labios.

3 comentarios:

  1. Ays Olga Olga, como me mola.....

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  2. Que tiernos ;) me usto leerlo, besos y gracias por compartirlo.

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  3. Me ha encantado!!

    Una vez más, gracias por compartirlo con tus lectoras...

    Besos!!

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