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sábado, 28 de febrero de 2015

¡Maldito GPS!


—¡Maldito GPS! —Dije al tiempo que lo apagaba para que la molesta voz dejara de hablar y de marearme.
Estaba claro que yo era incapaz de seguir órdenes. Gracias a ello llevaba un cuarto de hora dando vueltas a la misma manzana, y ni rastro del centro de salud en el que iba a comenzar a trabajar como pediatra.
Volví la cabeza hacía el frente a tiempo para ver que una bicicleta se abalanzaba sobre mí, vale que yo soy más grande, pero fue él quien se me echó encima. Pisé el freno con tanta fuerza que de no haber llevado el cinturón me habría estampado contra el volante de la inercia. Tres segundos después abrí los ojos, y me topé con los del ciclista clavados en mí. Bajé del coche tan enfadada que salí a trompicones tropezando con mis propios pies:
—¿Pero qué narices te pasa? —le pregunté gritando.
—Qué casi me atropellas —me respondió él tranquilamente. Como si instantes antes no hubiese estado a punto de morir aplastado por varias toneladas de hierro.
—Porque has cruzado sin mirar —le espeté airada.
Me miró como si fuera de otro planeta, tuviera antenas en lugar de orejas o hablara en un idioma desconocido.
—Casi me atropellas en un paso para peatones —explicó señalando el suelo con el acusador dedo índice.
Me molestaba la tranquilidad con la que hablaba cuando yo estaba tan acelerada y nerviosa. Casi sin querer mis pensamientos se verbalizaron.
—¿Siempre eres tan odiosamente tranquilo?
—No, solo lo soy con las personas que intentan matarme —fue su respuesta, igual de mesurada y calmada que las anteriores.
 —Seguro que son muchas. —Murmuré entre dientes.
Él se encogió de hombros, pero no respondió a mi pulla. Seguramente porque yo tenía toda la razón.
—Bueno en vista que no necesitas un médico y que estás perfectamente me voy. Estamos obstaculizando la circulación —le dije mientras me encaminaba de nuevo a mi coche—. Ve con cuidado la próxima vez que te abalances sobre alguien, no todo el mundo tiene tan buenos reflejos como yo.
Su expresión impasible cambió, y de repente me estaba mirando como si yo fuera extraterrestre o peor todavía, estuviera loca.
Sin responder a mi segundo, y fallido, intento de alterarle se dio la vuelta y se marchó. Por mi parte, me metí en el coche y me aparté a un lado, para que los conductores que me pitaban y gritaban pudieran pasar sin mentar a todos mis ancestros.
—¡Madre mía! —Dije una vez a salvo de aquellos ojos grises—. ¡Qué puntería tienes, Violeta! ¡Casi atropellas al hombre más atractivo que has visto en tu vida!
Los coches que pasaban por mi lado me dirigían miradas que pretendían decir: ¡pobre, además de mala conductora, loquita! Me dio igual, mi casi trágico accidente me tenía en las nubes y con la adrenalina clamando en mi sangre.
Esa noche pensaba soñar con el ciclista y a lo mejor la siguiente también. La verdad era que el chico daba para varias noches sin cansarse. Eso sí, tenía planeado hacerlo más hablador y un poquito más apasionado.
         En uno de esos pocos momentos de lucidez que tengo, decidí olvidarme del GPS e hice lo que debería haber hecho desde el comienzo, aparqué el coche y me acerqué hasta unos viejecitos que tomaban el sol sentados en uno de los bancos del parque, por el que había hecho varias rutas turísticas, cuando di las diez vueltas a la manzana que la dichosa máquina me indicó que diera.
            Los hombres se miraron extrañados antes de señalarme la esquina en que se encontraba el centro de salud. Negándome a reconocer que mi sentido de la orientación estaba desorientado, me encaminé hacia el lugar en que me esperaban desde las nueve de la mañana, y olvidarme del día tan surrealista que había tenido hasta ese instante.

            La coordinadora me recibió con cortesía y me mostró cuál sería mi consulta, tras un breve tour, en el que conocí a alguno de los compañeros, por fin comencé a trabajar.
            Estaba auscultando a uno de los bebés a los que les tocaban las vacunas obligatorias cuando mi enfermera entró para inyectársela. Al verle abrí los ojos como platos casi tanto como la boca.
            —¿Tú?
            —Yo. —Respondió con calma. La misma calma que conseguía que me subiera la presión arterial.
            Intentando recobrarme para que la curiosa madre de mi paciente no se diera cuenta de nada, saqué mi lado más profesional y le indiqué a mi enfermero que el niño venía a ponerse la vacuna de los tres meses.
            Seguí atendiendo pacientes y topándome con Hugo, pues ese era el nombre de mi casi accidente, según me informó él mismo, cada vez que alguna madre venía a hacerle la revisión a su bebé o cuando necesitaba alguna aclaración relativa a los historiales médicos de mis pacientes.
Cuando terminó mi jornada, estaba exhausta. Definitivamente ese no había sido mi mejor día. Me encontraba recogiendo mis cosas cuando la puerta que conectaba la consulta con la enfermería se abrió y apareció Hugo con ese aire tranquilo y desquiciante.
            —¿Qué tal te ha ido el día? Y no pregunto sobre el intento de asesinato con el que comenzó. —Una sonrisa burlona se instaló en sus labios. Y sin previo aviso me imaginé a mí misma besándolos para borrarla.
—¿Eres siempre tan odioso? —pregunté por segunda vez desde que nos conocíamos.
—En eso soy igual que mis pacientes. Solo con las chicas que me gustan —me dijo mientras me guiñaba un ojo.
           Pero si sabe bromear, me dije sorprendida.¿A dónde había ido el tipo atractivo y huraño que yo conocía?
         Me pasa lo mismo con los intentos de asesinato, solo ataco a los que me gustan. —Le dije siguiéndole el juego. Iba listo si esperaba que me afectara su confesión.
—Eso es perfecto. Pero no vuelvas a intentarlo, ¿de acuerdo? He captado el mensaje.
Le lancé mi mirada más airada, pero ni se inmuto. Supe que estaba perdiendo facultades.
    Vamos a picar algo, sobrevivir a accidentes da mucha hambre. —Me instó.
—De acuerdo. —Acepté.
   No lo hice porque fuera atractivo y acabara de confesar que yo le gustaba, para nada. Acepté porque realmente estaba hambrienta, aunque acabara de comerme un bollo suizo y tuviera media tableta de chocolate con leche en el bolsillo de la bata.

 Durante las dos siguientes semanas conocí al resto de los compañeros, a la mayoría de mis pacientes y, fui sintiéndome cada vez más a gusto en mi nuevo trabajo. Hugo dejó la seriedad aparcada en la acera, junto a su bicicleta. Conforme nos íbamos conociendo me di cuenta que la calma de la que siempre hacía gala había dejado de alterarme y ponerme de mal humor, para conseguir en mí el efecto contrario. Un valium no me hubiera relajado tanto. Era el contrapunto perfecto a mi constante agitación.
Con su paciencia conseguía que no me desesperara cuando llegaba alguna madre histérica o algún caso complicado que debía ser derivado al hospital con urgencia.
Ese viernes se cumplía mi segunda semana en el centro cuando Hugo entró en la consulta:
—Violeta, ¿qué haces esta noche?
—¿Dormir?
—Suena aburrido, ¿qué te parece cenar conmigo? —propuso con una sonrisa esperanzada.
—Me parece bien. —Acepté fingiendo poco interés.
—Me alegra que la idea te entusiasme tanto. —Se burló dolido.
—No es eso, es que...
—Tranquila conduciré yo. No debes preocuparte por eso. —Si no se hubiera metido con mi manera de conducir, puede que me hubiera reído por lo fácil que le había resultado eliminar la tensión del momento.
—Conduzco perfectamente.
—Cuando te conocí estuviste a esto —dijo colocando los dos índices muy cerca el uno del otro— de atropellarme.
—Eso no fue culpa mía, fue del maldito GPS.
—Seguro que sí.
—De todas formas, piensas llevarme a cenar en bicicleta. ¿No me digas que tienes un sidecar para las ocasiones especiales?
—No, no tengo un sidecar. Y tampoco vamos a ir en bicicleta, tengo un coche estupendo y conduzco de maravilla.
—¿Entonces por qué no lo usas? —le pregunté curiosa.
—El día que nos conocimos vine en bicicleta porque tenía en coche en el taller para la primera revisión. Después seguí viniendo en ella porque tenía la esperanza de que intentarás volver a atropellarme.
Ante el comentario y los ojos tiernos que ha puesto al decirlo, no puedo más que acercarme a él rodearle el cuello con los brazos y besarle, lenta y largamente para desquitarme de todos los días que llevo soñando con hacerlo.
Este hombre me pone taquicárdica perdida, menos mal que después de la cena tengo pensado jugar con él a los médicos.

3 comentarios:

  1. MUY BONITO Y TIERNO
    PARA CUANDO UN TEXTO NARRATIVO ROMANTICO?
    YA SEA UN SCLIP Y ALGO MAS AMPLIO?
    SOY FAN TU Y HE LEIDO TODOS LOS LIBROS, ESPERO CON ILUSION EL PROXIMO, Y PARA LOS PROXIMOS MESES?

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  2. Muy bueno.
    Me encanta como escribes.
    un besito.

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