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sábado, 9 de enero de 2016

Primeros capítulos

Como sabéis el 25 de enero sale a la venta mi nueva novela: Igual te echo de menos que de más. Y para que vayáis descubriéndola aquí os dejo los dos primeros capítulos.
Espero que os gusten.

Prólogo.
Todo empieza siempre por alguna parte.

Olimpia estaba nerviosa y muy emocionada. Era su primer día en la facultad y no conocía a nadie. Sus amigos se habían matriculado en otras carreras y ni siquiera se encontraban en el mismo campus. Siempre había sentido cierta fascinación por el ojo humano y el funcionamiento de las lentes que permitían a gente con problemas recuperar la visión. Por ese motivo se encontraba allí sola, matriculada en el grado de óptica y optometría, afrontando un nuevo reto, con la certeza de que aquel era el comienzo de todo lo que estaba por llegar.
Con paso decidido se adentró en la inmensa aula, con pupitres de madera oscura que formaban gradas, y buscó con la mirada un lugar en el que sentarse y hacer suyo durante los próximos tres años. Tras unos segundos de vacilación se dirigió hacia la primera fila. Lo más cerca que pudo de la mesa del profesor. Era su primer día en la universidad y, aunque no conocía a nadie, sabía que para dar con las personas adecuadas, las más estudiosas y responsables, debía moverse por las primeras filas.

No pasaron ni cinco minutos cuando una chica morena con el cabello muy corto, a lo paje, se sentó a su lado. La miró por el rabillo del ojo, no queriendo ser demasiado directa, y se topó con que ella también la estaba observando.
—Hola —saludó la recién llegada con una sonrisa que dejaba a la vista sus incisivos separados—, me llamo Lola.
—Yo soy Pía —se presentó, mirando sus ojos marrones que mostraban a una persona amable y cercana.
—Pía, ¿de Piadosa? —inquirió Lola con una curiosidad mal disimulada.
La aludida bufó. No había creído posible que existieran otros nombres más feos que el suyo propio.
—Pía de Olimpia.
Lola agrandó los ojos por la sorpresa.
—¡Qué nombre más bonito! Tiene mucha personalidad.
Si ya le caía bien la morena, tras el comentario no pudo caerle mejor.
—¡Gracias!, pero prefiero Pía.
—Yo en realidad me llamo Dolores, así que sé perfectamente cómo te sientes. —rio la chica con complicidad al comprender la opinión que la pelirroja tenía de su nombre.
—Dolores está bien. Creo que te gano; de hecho, estoy segura. Olimpia es demasiado… pomposo.
—De acuerdo, Pía, esta vez ganas tú, pero solo porque estoy un poco frenética y no tengo la cabeza para rebatirte —dijo sonriendo—. Por eso me he sentado contigo. Me aterra quedarme sola el primer día. —Rio con un deje histérico—. Por eso, y porque me has parecido la más normal —contó sin tapujos.
Ante el comentario, Olimpia paseó la mirada por el aula para observar a los alumnos que habían entrado y se habían ido sentando en los bancos. Esbozó una sonrisa antes de hablar.
—Me alegra que te hayas sentado conmigo, tú también eres la más normal y eso me tranquiliza. —Lola volvió a ofrecerle una sonrisa. Al parecer no se había equivocado porque era una chica muy simpática—. Por cierto, yo también estoy frenética  —confesó devolviéndole el mohín al tiempo que enrollaba su pelo largo y rojo en su dedo índice, gesto que hacía siempre que estaba nerviosa.
Como si se hubieran propuesto hacerlo a la vez, las dos chicas se dieron la vuelta en sus asientos para comprobar si el aula seguía llenándose.
—¿Crees que habrá mucha gente en este curso? —inquirió Olimpia.
De repente, una voz que no procedía de su nueva amiga, puesto que era ronca y masculina, respondió a su pregunta.
—Hay noventa y tres matriculados en primero. Puedes estar segura que habrá mucha gente.
Olimpia se giró hacia adelante para toparse con los ojos más negros que había visto en su vida. Tenía una sana obsesión con los ojos, de ahí que hubiera elegido los estudios de óptica, fascinada por todo lo que podía aprender sobre ellos. Siempre había sido capaz de calar a las personas tan solo con mirarlos a los ojos. Por ese motivo le desconcertó tanto no poder deducir nada de ese chico, a pesar de su mirada directa.
Y es que, aparte de lo obvio y que se veía a simple vista, que era alto, moreno, que vestía muy bien y que olía de maravilla, no hubo nada que le dijera la clase de persona que era. Hasta que habló y todo quedó aclarado.
—Deberías saber esas cosas  —criticó él—. Solo había que fijarse en la lista de admitidos.
—Supongo que tienes razón —aceptó con poca convicción. No es que no la tuviera, que la tenía, es que no tenía ningún deseo de estar de acuerdo con él.
—¿Sabes?, creo que lo mejor será que le dejéis la primera fila a los que realmente están interesados en aprender. —E hizo un gesto con la mano para que se levantaran.
El carácter indomable de Olimpia hizo acto de presencia en ese momento. Nunca había sido capaz de aceptar órdenes de nadie y no tenía pensado comenzar a hacerlo solo porque un tipo engreído y demasiado guapo se lo dijera. Quizás estaba acostumbrado a que le hicieran caso, porque parecía muy seguro de que ellas se levantarían y se marcharían.
—No pienso irme a ninguna parte. Tú no eres nadie para mandarnos.
—De acuerdo —aceptó sin inmutarse.
Media hora después. Olimpia se arrepentía de no haberse cambiado de asiento cuando tuvo la oportunidad. Martín, que así se llamaba el chico, no había dejado de dar golpes a su silla, molestándola sin descanso. Cuando creía que por fin se había cansado de incordiar, volvía a zapatearla.
Una pena que fuera tan atractivo como imbécil.

Al día siguiente, Pía se sentó con Lola en la segunda fila. Por su culpa, había tenido que ver la reacción de Marisa Vidal, una de las catedráticas más importantes de la universidad, torcer el gesto al ver su reubicación.
La rabia la consumía por dentro, pero el día anterior apenas pudo concentrarse en las clases o hacer algo más que odiar a Martín por haberla tomado con ella. Lo peor era que con el resto del mundo se mostraba encantador, simpático e incluso amable. Hasta con Lola parecía otra persona.
—Me alegra comprobar que por fin has descubierto cuál es tu lugar —comentó este con una sonrisa indolente cuando la vio claudicar.
—¿Perdona?
—La segunda fila. Siempre detrás de mí.
—Te odio. Eres horrible.
Él no pareció interesado en su inquina, por lo que Olimpia prosiguió con su discurso.
— Eres la persona más insufrible que conozco. Te voy a odiar siempre.
—¿Me lo prometes?


Unas horas después…
¡Es insoportable! Le odio, no entiendo porque la ha tomado conmigo de esa manera. Y es que no contento con echarme de la primera fila también se ha propuesto alejarme de la segunda. No deja de moverse y de impedirme ver la pizarra o al profesor y, lo peor de todo es que estoy tan cabreada que aquí ando escribiendo sobre él en medio de mis apuntes de Anatomía ocular y del sistema visual.
No puedo creer que me pareciera guapo la primera vez que lo vi. Bueno hasta que abrió la boca, después de eso perdió todo el encanto. ¡Dios mío! Espero no tenerlo en todas las clases, pero sobre todo espero que vuelva pronto mi sentido común y deje de parecerme el chico más guapo de la clase.
¡Madre mía, qué pelo más bonito tiene!
Aunque a veces me doy miedo a mí misma…

El globo ocular está formado por tres capas:
Capa externa
Formada por una membrana elástica de soporte que en su parte más anterior es transparente, la córnea, siendo el resto opaca, la esclera. La parte más anterior de la esclera está cubierta por la conjuntiva que se refleja hacia los párpados para tapizar la cara interna de éstos.
Capa media
Es la úvea o capa vascular del ojo, está constituida por la coróides a nivel posterior y el cuerpo ciliar y el iris a nivel anterior.
Capa interna
La retina "órgano sensorial", es la prolongación del sistema nervioso central.
            Definitivamente le odio.

1.
Un cambio que asimilar.


Diez años después…

Tengo que dejar de escribir mis pensamientos en notas. Esta mañana Gerardo ha estado a punto de enterarse de que Arturo me ha pedido ayuda para la celebración de aniversario que está organizando. Menos mal que me he dado cuenta antes de que abriera el papel donde lo había escrito. ¡Voy a tener que compararme una libreta! O a aprender a ser lo suficientemente constante para escribir en un solo lugar.
Garabatear mis pensamientos en las facturas y en los papeles de promoción es demasiado peligroso para mi salud mental.

 
La radio sonaba de fondo en la tienda mientras Olimpia intentaba organizar el lío de documentos que se amontonaba en su zona de trabajo. Además de los catálogos de monturas para la nueva temporada, tenía que ordenar los albaranes y las tarjetas de los clientes habituales. Y por supuesto, deshacerse de las peligrosas notas que se dejaba a sí misma.
Fue a los ocho años cuando empezó a plasmar sus pensamientos en el papel. De niña era muy habladora y preguntona, y su padre se quejaba de que era incapaz de concentrarse en su propia casa, por lo que se quedaba la mayor parte de su tiempo libre en la biblioteca de la facultad de matemáticas, en la que trabajaba dando clase, corrigiendo exámenes o intentando descubrir los grandes misterios de las ciencias exactas. Para evitar que tuviera que marcharse de casa, la madre de Olimpia decidió darle un diario y un consejo, que ella guardó como un tesoro: hay pensamientos que es mejor escribirlos para uno mismo que compartirlos con los demás. Desde aquel momento escribió todo lo que pensaba o le preocupaba. Cualquier superficie blanca era una vía de escape digna.
La voz del locutor anunció una canción y Olimpia aplaudió la elección con una sonrisa.
—¡Bien hecho, Nico! —canturreó—. “Echo de menos la cama revuelta, ese zumo de naranja y las revistas abiertas…”.
Gerardo asomó la cabeza por la puerta de su pequeño despacho, situado a unos cuatro metros a la izquierda del mostrador de venta.
—A Arturo le encanta esta canción —comentó sonriendo y perdiendo el hilo de lo que iba a decir—. Es de nuestros tiempos. Todavía me acuerdo cuando nos escapábamos a disfrutar de la “movida madrileña”.
—Sí que eres viejo —se burló con una mueca—. Una vieja gloria.
—Ni tan viejo ni tan gloria —comentó él, aunque era evidente que le había complacido ser llamado “vieja gloria”.
—No te preocupes, te conservas muy bien para la edad que tienes —volvió a pincharle.
Gerardo cabeceó, dando a entender que estaba de acuerdo.
—Es lo que tiene disponer de buenos genes.
—En ese caso lo siento mucho por Nico, porque mi padre tiene unas entradas más grandes que las puertas de los jardines de Viveros. —Se rio al imaginarse a su hermano con poco pelo y entradas—. Aunque es muy listo. Supongo que la naturaleza se esfuerza en equilibrar los dones.
Gerardo disimuló una carcajada, seguramente al visualizar la imagen que Olimpia había plantado en su cabeza.
—Bueno, corazón, en realidad he salido porque necesito hablar contigo. Ven al despacho —pidió de repente con el semblante que usaba solo cuando quería hacer notar que era el dueño de la óptica en la que Olimpia trabajaba desde que terminó sus estudios.
Normalmente siempre la trataba como a una compañera; como una colega más. Solo usaba esa expresión cuando pretendía que le tomara en serio.
Olimpia se tensó. Llevaba el último mes temiendo que su jefe le dijera lo que sabía que le iba a decir: que cerraba la óptica y que tenía que buscarse un nuevo trabajo.
Algo que la dejaría completamente destrozada, y no solo por tener que rehacer currículos y demás, sino porque se sentía muy cómoda trabajando con Gerardo. De hecho, él había sido su único jefe, casi como un padre para ella, y lamentaba mucho que se viera obligado a cerrar. No obstante, sus problemas de salud y la insistencia de su marido, Arturo, habían terminado por inclinar la balanza en favor del cierre.
Si cerraba, ya podía decir adiós a sus planes de mudarse a un piso para ella sola. Llevaba años ahorrando para comprarse una casa, nada de hipotecas de por vida, ella anhelaba tener algo que sentir como propio. Por ese motivo vivía con su hermano, para ahorrarse medio alquiler y seguir guardando dinero.
Si se quedaba en el paro tendría que seguir viviendo con Nico, su hermano mayor, y sufriendo las largas noches de insomnio que comportaba vivir con alguien con un trabajo tan nocturno y una vida social tan activa.
—¿Se puede? —inquirió asomando la cabeza por la puerta.
La sonrisa de Gerardo logró que se relajara un poco. Después de todo, si fuera a decirle que cerraba el negocio no lo haría con tanta alegría. ¿No?
—Pasa y siéntate. A ver si nos da tiempo a hablar tranquilamente antes de que venga alguien. ¿No iba a pasarse Natalia, la amiga de Nico, para probarse unas lentillas? —preguntó, olvidando el motivo de que Olimpia estuviera allí.
—Esta semana no. ¿Va todo bien? ¿Para qué me has pedido que entre?
—Más que bien, corazón. Verás Pía, mi sobrino regresa de Nueva York. Ya te he contado que hace cinco años se embarcó en un proyecto y abrió varias ópticas en Estados Unidos. El caso es que el negocio ha ido mejor que bien y ahora planea ampliarlo y que llegue a Europa. —Hizo una pausa dramática para que su amiga comprendiera que lo que seguía iba a ser algo grande—. Y esta va a ser la primera parada. Vamos a convertirnos en la primera franquicia de PG Eyecare en España. —Gerardo se calló a la espera de que Pía compartiera su entusiasmo.
—¡Estupendo! Me alegro mucho. ¡Enhorabuena!
Gerardo la conocía lo bastante como para adivinar lo que le preocupaba, así que intentó calmarla.
—Tu trabajo está garantizado, corazón. La única diferencia será que yo ya no seré tu jefe y que vamos a modernizar la tienda para adaptarnos a la estética de las tiendas americanas. Si todo funciona, mi sobrino estará aquí un par de meses, para ponerlo todo en marcha, y después se irá a Paris a seguir con el proyecto de ampliar la cadena. Lo siguiente serán más tiendas en España y Europa.
—¿Y quién llevará esta tienda cuando él ya no esté al cargo? —preguntó Pía asustada.
Gerardo sonrió y arqueó una ceja.
—¿Yo? ¿Quieres que la dirija yo? —Ahora estaba asombrada.
—Así es. Además, podrás contratar a otra persona para que te ayude. Yo voy a retirarme y a convertirme en un socio capitalista en la sombra.
Pía soltó una carcajada.
—¿Voy a ser la jefa?
Él asintió de muy buen humor.
—Lo único que le he exigido a mi sobrino para apoyarle en el negocio es que te mantenga en el puesto. Tú eres irreemplazable, corazón. Para Arturo y para mí eres como la hija que nunca tuvimos.
Pía sonrió.
—¿Y qué pasa con Kiara? —pinchó. Estaba tan emocionada que, o se metía con él o terminaría llorando como una boba.
—Ella es demasiado peluda para ser nuestra hija —le siguió el juego. Los dos sabían lo mucho que la pareja adoraba a su perrita—. Somos padres guapos.
Contenta por las noticias, se levantó y le dio un sonoro beso en la mejilla.
—¡Gracias, gracias! —Salió de la oficina canturreando, pero en lugar de regresar a su mesa se detuvo en la puerta del despacho—. Por cierto, yo también te quiero.
—Ya lo sabía —rio Gerardo—, pero me encanta oírlo.
Pía estaba encantada. Había creído que se iba a quedar sin trabajo y, en cambio, estaba cerca del ascenso. Lo único que le preocupaba era que el sobrinísimo fuera un problema. No estaba acostumbrada a trabajar con nadie más que con Gerardo, quien la dejaba a su aire y apenas le mandaba que hiciera nada. Y es que Olimpia tenía ciertos problemas con la obediencia.

¡Bien! Ole, ole y ole.
Ahora solo me queda buscarme un piso cerca del trabajo y mi vida mejorará mucho. Quiero a mi hermano, pero hay demasiadas mujeres que le adoran. No necesita una más.

Estaba tan contenta por la noticia que se escapó a la pastelería y regresó con dos lenguas de vaca, las preferidas de Gerardo.
—Toma, para ti. —Le tendió una y una servilleta.
El hombre la miró con suspicacia. Desde que le habían detectado diabetes y se veía obligado a inyectarse insulina, Pía había hecho desaparecer incluso el azúcar para el café de la tienda, por lo que resultaba sospechoso que le llevara un pastel.
—¿Estás tratando de sobornarme? —preguntó apartando un mechón de cabello oscuro, ya con algunas hebras blancas, de su frente.
—No. Para nada. Mira que eres mal pensado. —Y antes de que pudiera decir nada recuperó el pastel.
—¡Oye! Que es mío.
—Te lo doy con una condición.
Gerardo frunció el ceño.
—Ya sabía yo que había algo más.
Ella esbozó una expresión inocente.
—Solo iba a decirte que no se lo contaras a Arturo. Se supone que tengo que vigilarte para que no comas dulces, no suministrártelos.
—Así que eres su espía —acusó con diversión.
—Para nada. Te vigilo por devoción, yo voy por libre. —Le guiñó un ojo y salió para disfrutar de su pastel.

Antes de salir del trabajo, a las dos, llamó a su amiga Lola para ver si quería quedar con ella para comer juntas. Después de todo, tenía algo importante que contarle, no era ninguna excusa para sacarla de casa. Sin embargo, como venía siendo habitual durante el último mes y medio, Lola se negó a salir, y a cambio la invitó a comer, tentándola con que tenía canelones de su madre en el congelador.
Cuando llamó al timbre de Lola, Pía tenía un discurso preparado para hacerle ver a su amiga que haber tenido un bebé no tenía por qué convertirla en ermitaña. Así y todo, cambió de parecer en cuanto Lola le abrió la puerta.
Su mejor amiga, la misma persona que se gastaba un cuarto de su sueldo en revistas de moda, iba vestida con una camiseta gris y sin forma, que seguro que había pertenecido o pertenecía a Mario, su marido; unos pantalones de chándal y una coleta medio deshecha. Todo ello rematado con unas ojeras negras que le daban una idea aproximada de las horas que dormía al día.
La imagen que tenía delante desentonaba con el recuerdo de la mujer elegante y atractiva que había sido su mejor amiga desde el día en que se sentaron juntas en su primer día de Universidad. Incluso embarazada con una barriga enorme e hinchada por la retención de líquidos, se veía estupenda, nada que se acercara a ese aspecto descuidado que lucía en ese momento.
—Hola, cariño. Pasa —pidió, apartándose de la puerta.
—¿Cómo está Adrián?
—Se acaba de dormir. —Suspiró y le dio dos besos en las mejillas—. No hables muy fuerte, por favor. Tengo los pezones en carne viva, necesito que me dé un respiro o se me caerán a pedazos.
Pía disimuló una risita. Lola se había empeñado en darle el pecho a Adrián, consciente de que era mucho más sano para el niño, ya que le evitaba los temidos cólicos. A pesar de todo, ya no parecía tan contenta con su decisión. Aunque, conociéndola, Pía estaba segura de que se le pasaría en cuanto se acostumbrara.
—Te he traído una crema que la chica de la farmacia me ha dicho que te calmará las molestias. —Y añadió antes de que Lola protestara—: Me aseguró que es inofensiva para Adrián. Ni siquiera notará que la usas.
Los ojos de Lola brillaron por las lágrimas contenidas. De un tiempo a esta parte le resultaba más difícil no llorar por casi cualquier cosa.
—Gracias. Te quiero mucho —lloriqueó—. Se queda dormido en cuanto le enchufo el pecho, con lo que cada media hora tiene hambre.
Pía la abrazó, sabiendo que las hormonas seguían haciendo de las suyas en el cuerpo de Lola.
—Yo también te quiero. De hecho, te quiero tanto que he decidido vigilar a Adrián mientras tú te das un baño relajante y te cambias de ropa. ¿Qué te parece?
—¿De verdad?
—Claro que sí. Es mi deber como madrina cuidar de ti para que tú puedas cuidar de él.
—Suena maravilloso, pero en lugar de un baño me daré una ducha. Y mientras lo hago tú puedes pedir comida china. En la nevera está el menú del restaurante. Los canelones de mi madre te los he puesto en una fiambrera para que te los lleves para mañana —explicó dejando las lágrimas atrás.
—Eres un sol —alabó Olimpia.
—Ya lo sé. —Sonrió—. Vamos a ponernos en marcha que si no Adrián se despertará y ya no podremos comer con tranquilidad.
—¡Oído cocina! Ahora vete, que yo me encargo de todo.
A pesar de lo que había dicho, Pía dio gracias al universo cuando Adrián siguió durmiendo y le evitó tener que enfrentarse al terrorífico mundo de los bebés llorones. Para entretenerse mientras esperaba a que Lola estuviera lista, se ocupó de recoger el comedor y los pocos cacharros que había en la cocina.
Desde el nacimiento de Adrián, Lola no había tenido mucho tiempo para dedicarse a sí misma; con todo y con eso, la casa estaba impecable. Con toda seguridad porque su madre pasaba por allí para echarle una mano, pero también porque su amiga era una maniática del orden.
Diez minutos más tarde, la morena volvió a reaparecer con una camiseta rosa y unos vaqueros muy ajustados. Todavía llevaba el pelo mojado, que le ondulaba a la altura de los hombros. Era la vez que más largo se lo había visto. Normalmente no dejaba que le creciera más allá de las orejas.
—Le doy la bienvenida a la verdadera Lola —bromeó con guasa.
—De un tiempo a esta parte la única Lola que existe es la que te ha abierto la puerta. Además, mira lo apretados que me quedan los pantalones —se quejó, levantándose la camiseta para que viera lo ajustados que los llevaba.
—Qué exagerada eres. Es normal que tengas menos tiempo con un bebé recién nacido en casa, de lo demás te veo estupenda.
Lola suspiró con exageración.
—¡Qué buena amiga eres! Igual que el pobre Mario, primero la cuarentena y ahora Adrián que no duerme y yo que no tengo tiempo ni de peinarme… A este paso se me va a cerrar el agujero.
Pía se tragó una carcajada. Su amiga parecía abatida.
—Lo dicho, eres una exagerada. Eso no se cierra, no te preocupes.
—No lo soy. Y te aseguro que se cierra porque me cosieron. No dudes que hay que volver a hacerle sitio para que recupere el tamaño normal.
—Te hicieron una episiotomía, como a la mayoría de mujeres que dan a luz. Eso no es cerrar el agujero, cariño. —Le palmeó la espalda con afecto.
—¿Estoy siendo muy dramática?
Olimpia asintió con la cabeza.
—Menos mal que todavía me queda el recurso de echarle la culpa a las hormonas. Así Mario no puede divorciarse de mí, todavía —apuntó antes de que dos lagrimones le empañaran la visión.
—Cariño, Mario te adora. No seas tonta. —La abrazó con cariño—. No llores, que tengo que darte una buena noticia.
—No estoy llorando son…
—Las hormonas —interrumpió la pelirroja con una sonrisa—. Lo sé. Son unas fastidiosas.
—Espera y verás cuando tengas hijos… —lloriqueó de nuevo Lola.
—Para eso falta mucho.
Más afligida por el comentario de su amiga, la morena alzó la cabeza para mirarla y lloró con más intensidad.
—Pobre, Pía —se lamentó—, estás tan sola sin novio ni nadie que te quiera como te mereces…
—Serán mamonas esas puñeteras hormonas —dijo Olimpia, debatiéndose entre la risa y la mala uva.

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