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lunes, 21 de marzo de 2016

Primeros capítulos de Martina agitada, no revuelta.

Hoy vengo con los primeros capítulos de Martina agitada, no revuelta bajo el brazo. Si os quedáis con ganas de más podéis leerla gratis a través de KindleUnlimited o por 0.99€ en la misma plataforma.


1. Estoy Divinity de la muerte.

Mi jefa es una bruja. Literalmente. Estoy segura de que por las noches enciende el caldero y llena de agujas a muñecas con mi cara.
Es la única explicación que le encuentro al hecho de que esté al tanto de mi meditado plan para que me contraten como presentadora, bloguera o chica de los recados en Divinity. El puesto me da igual, lo que quiero es trabajar en un sitio así de glamuroso. Y para ello he comenzado escribir un diario blog en el que hablo de lo que me preocupa y me afecta como treintañera sofisticada y bien formada.
Mis aspiraciones laborales seguirían siendo secretas de no ser porque la Malvada Bruja del Oeste que tengo como jefa, qué pena no ser Dorothy, acaba de llamarme a su despacho para “ofrecerme” publicar dichas experiencias en ese periódico local y cutre en el que ahogan mi creatividad.
—Martina Vega —musita, como si yo no supiera mi nombre—, eres toda una caja de sorpresas.
Sí señor, esa soy yo.
—¿Por qué lo dices, Rebeca?
“¡Mierda! Esto es malo”, pienso cuando la veo retorcerse las manos.
—Estaba navegando por la web. —Lástima que no fuera por el Triángulo de las Bermudas—¸ y he dado con tu blog.
Nota mental: bloquear a Rebeca para que no pueda leer lo mucho que la aprecio.
—¿Y?
—Quiero que uses ese ingenio que no sabía que tenías para escribir una columna en nuestro periódico.
Abro la boca. La vuelvo a cerrar. Está de coña, ¿no? ¿De verdad cree que voy a desperdiciar mi talento aquí? Mi blog tiene el objetivo de captar la atención de los directores de Divinity, no de la Malvada Bruja del Oeste.
Pongo cara de pena y me preparo para soltar la mentira más ingeniosa que jamás se me ha ocurrido.
—Verás, Rebeca. No va a poder ser. ¿Te acuerdas de mi amiga Julia?
Ella asiente.
—¿La gordita?
La fulmino con la mirada. Bueno, lo hago mentalmente.
—No está gordita. Es que tú estás muy delgada.
Hace un gesto con la mano, como descartando lo que acabo de decir e instándome a que vaya al grano.
—Pues Julia, que no está gordita —insisto—, es la que me cuenta sus historias, que luego yo plasmo en ese blog. Y no puedo traicionar su confianza porque está muy enferma.
La veo abrir los ojos sorprendida.
—Sí, está muy delicada del corazón y cualquier disgusto la mataría. Por eso estoy haciendo todo eso del blog, porque el sueño de mi mejor amiga es que los de Divinity la contraten y pasar sus últimos días rodeada de glamour.
—Pero el blog lo firmas tú.
—Soy su seudónimo. Martina Vega es mucho más fashion que Julia Martínez.
Está cabreada, puedo verlo, pero parece que se lo ha tragado porque ni me ha gritado ni me ha echado a patadas.
—¡Está bien! Ve a hacer algo útil por este periódico —me dice con fingida indiferencia.
Ojalá pudiera despedirla a ella, seguro que eso sería lo más útil. No obstante, como no puedo hacerlo, le ofrezco mi sonrisa más radiante y salgo a toda prisa de su despacho.
Una vez en mi mesa saco el móvil del bolso y llamo a Julia, que me responde antes del tercer tono.
—¡Sorpréndeme!
—¿Que te sorprenda? —pregunto confusa.
—Siempre que me llamas antes del segundo café es para anunciarme uno de tus líos. ¡Cuéntame el de hoy!
¡Qué lista es la condenada!
—Sí, bueno…
—¿Tan malo es?
—Peor. Al parecer tienes un problema grave de corazón y te estás muriendo.
—¡La madre que…! —No puede seguir porque se está riendo como una loca.
Suelto un suspiro que por poco me desabrocha el sujetador.
—Menos mal, creía que te ibas a enfadar.
—Para nada. Estoy terminal, ¿recuerdas? Enfadarme es malo para mi salud. Y total, para lo que me queda… Acuérdate de esto la próxima vez que te pida un favor —me dice con un tonito que me hace pensar en lo peor.
—¡Ups!



2. Martina agitada, no revuelta.

¿Os ha pasado alguna vez que al despertar una mañana habéis descubierto que vuestra vida está patas arriba? Seguramente os habréis acostado pensando que todo estaba en su sitio, e incluso es probable que fuera el caso, pero entonces el subconsciente en forma de sueño os traiciona y os descoloca por completo. ¿Sí? ¿Os ha pasado? Pues eso mismo me acaba de suceder a mí, Martina Vega, treintañera, soltera y en busca del hombre capaz de soportarme. Y os aseguro que no es tarea fácil (preguntádselo a mi jefa y veréis).
Y todo porque mi mente ha decidido soñar con alguien a quien pensaba que ya tenía olvidado. Mi amor platónico, un hombre al que no veo desde hace unos cinco años, los mismos que hace que dejé de tener contacto con los amigos de la facultad. Lo más gracioso de esta situación es que nunca, jamás, me acuerdo de lo que sueño: en el mismo instante en que abro los ojos borro cualquier resquicio onírico que pueda albergar mi cabeza. Y, mira tú por dónde, mi mente se atrofia justo en estos momentos para dejarme un recuerdo que no es precisamente mi favorito. Ni siquiera estaría en la lista de los diez mejores momentos de mi vida; y lo que es peor, hace que me replantee cómo ha continuado esta.
Después de meditar unos minutos me doy cuenta de que hasta que no consuma el primer café del día no voy a dar con la solución, así que me levanto y me arrastro hasta la cocina en busca de mi maná diario. El único que
1º) Nunca me falla.
2º) Me endulza la vida (gracias al extra de azúcar).
3º) Es capaz de seguir mi ritmo: tres seguidos sin descansos interminables.
Cuando la cafeína hace su efecto, se me ocurre una idea que puede funcionar. Corro, literalmente, hasta mi despacho y enciendo el ordenador mientras rezo para que mi amigo haya sucumbido a la llamada de las redes sociales.
Pruebo primero con Twitter, pero no hay rastro de él. Sigo con Facebook, y es ahí donde me aparece una pestañita con su nombre. Tardo cero coma un segundo en ir hasta su perfil para descubrir que
 1º) Está estupendo.
2º) Sigue viviendo en la ciudad.
3º) Está soltero. Ni “comprometido” ni “es complicado”. Soltero a secas.
De momento promete, y mucho. Ahora toca enviarle una solicitud de amistad, pero antes cambio mi foto de perfil y pongo una mía más… Digamos, interesante.
Mientras espero a que me acepte me dedico a ponerme al tanto de su vida; es decir, cotilleo su muro y sus fotografías.
Dos horas después sigo esperando la confirmación de nuestra amistad. Como es sábado me hago la manipedi y me pongo mascarillas en el pelo y en la cara. Intento no estar pendiente del Facebook, pero mi móvil no me lo pone fácil. Me avisa de cada una de las notificaciones. Saltó del sofá hasta el ordenador cuando veo que ya somos amigos.
Un instante después me llega un mensaje privado:
Martina, cuánto tiempo. Tenemos que tomarnos unas cervecitas y ponernos al día.
¿Qué tal mañana?
“No es que esté ansiosa, es solo que me alegra reencontrarme con él.”
            Dame tu móvil y te llamo.
            Mejor te llamo yo, que en casa no hay mucha cobertura.
“¿Y si no me llama después? Mejor voy a lo seguro.”
            666999888.
            Perfecto, mañana te llamo y nos tomamos algo.
“Seguro, vamos.”
            Genial. Un abrazo
            “Wow, ¡ya quiere achucharme!”
            Un besazo
            “Húmedo, caliente y muy, muy largo.”
            Y cuando parece que todo se ha solucionado, vuelve a mí la sensación de que mi mundo está patas arriba. ¡Por favor! ¿Qué voy a ponerme mañana?


 




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